Alana | academia de escritores

La magia de Morgana
Cómo usar la sombra de Jung en la psicología de tus personajes

La magia y el misterio que rodea a esta poderosa hechicera ha movilizado tantas versiones de la leyenda como relatos orales y escritos han sido posibles de crear.

Es que en este caso, para hablar acerca del origen de ciertos personajes que moldea un escritor, hemos elegido como referencia a la versión de Morgana tal cual figura en la película Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (2017), dirigida por Guy Ritchie, y protagonizada por Charlie Hunnam (Rey Arturo), Astrid Bergès-Frisbey (Morgana) y Jude Law (Vortigern). La razón de la elección de esta versión es sencilla: nos ofrece la oportunidad de conocer a una maga con una riqueza, profundidad y densidad propia de un personaje redondo, cuyas dimensiones y volúmenes son por demás atractivos para explorar.

Morgana, desde esta versión, nos ayuda por vía doble:

  1. Nos permite reflexionar acerca de la relación entre la sombra —lo no integrado por el autor— y los personajes que crea.
  2. Como así también nos deja observar la integración que realiza el mismo personaje de su propia sombra. En La leyenda de Excalibur lo vemos cuando Morgana guía al Rey Arturo en su tránsito por las Tierras Oscuras para lograr asumir su propio destino. 

Veamos la primera hipótesis:

Morgana: la guardiana del inconsciente.
El puente entre lo conocido y lo desconocido del autor

A esta conexión entre consciente e inconsciente, Carl Gustav Jung la llamó la función transcendente

Básicamente, nombró de esta manera a ese nexo entre ambos mundos —y ambos presentes en el alma y en el ser de una misma persona— que comunica dos esferas de identidad e información por demás diferentes. Diferentes porque parte de esa información que la contenemos en el consciente, en nuestra parte racional, lógica, conocida y aceptada no es la misma —incluso puede resultar completamente contradictoria— a la información que albergamos en nuestro mundo inconsciente.

Las razones por las que el acceso a ese inconsciente está tan vedado, a esa especie de habitación sin luz y con polvo en demasía, puede responder a las más variadas hipótesis. Sin embargo, una de ellas podemos teorizarla de manera gráfica a través de la dinámica que aplicamos a una habitación dentro de la casa que hemos decidido utilizarla como “guardatodo”. Como ese espacio en el que acumulamos diferentes tipos de cosas que en el momento no estamos seguros si las usaremos más adelante o debemos desecharlas de inmediato, tampoco podemos asegurar de dónde salieron, ni mucho menos podemos asignarles una utilidad clara en el momento actual. Por lo que estas van quedando sin categorizar, y vamos juntándolas con otras, hasta tanto decidir qué haremos con ellas. 

En esa habitación también podemos almacenar ese tipo de objetos que creemos que no son lindos, estéticos o vistosos, o no les gustarán al resto de los integrantes de la casa o a las eventuales visitas que podamos recibir. Ese guardatodo esconde lo que no nos gusta, lo que no aceptamos, lo que no aceptan los demás y lo que no sabemos o entendemos qué utilidad nos puede presentar. Cerramos la puerta con doble giro de llave, y rara vez destinamos un sábado a limpiar esa zona de la casa. Por lo cual, va quedando olvidada, generando un ecosistema que queda atrapado en la ausencia de luz, en la sombra.

Lo mismo sucede con el inconsciente: lo no aceptado, lo bloqueado, lo reprimido, lo que traemos pero aún no sabemos que tenemos, lo que no sabemos de nosotros mismos ni cómo usarlo, queda atrapado en ese territorio que, además de no estar dotado de luz, no contamos con una guía clara acerca de cómo ingresar y explorarlo. Pese a ello, existen diferentes formas de generar una apertura, o al menos una aproximación a ese cuarto en sombra, que nos permita ir extrayendo de a poco los objetos que se encuentran ahí. Y en ese acto de apertura y paulatina extracción es justamente donde se necesita una especie de traductora que nos guíe en la comprensión de esos objetos, de esa información, de las cosas guardadas sin categorizar, ya que usualmente transmiten sus mensajes a través de lenguajes simbólicos en los cuales resultamos ser totales desconocedores, o analfabetos simbólicos. Esa traductora sería algo así como esa vecina que amablemente nos ayuda a abrir esa habitación, nos enseña a limpiar los objetos y a comprender el idioma de las etiquetas en las que se explica qué son y para qué sirven.

La buena vecina, entonces, es esa función trascendente que explicó Carl G. Jung en uno de sus tantos aportes a la psicología analítica profunda. Y el nombre de la vecina, para nosotros, es Morgana, la maga, quien utiliza poderosos decretos quitapolvos a través de la palabra escrita.

Morgana, la maga, ¿y por qué?

Porque como arquetipo de la sabia entendió a la magia como una de las formas de exploración del inconsciente. La magia es la palabra, y en nuestro caso, específicamente la palabra escrita.

La escritura es una de las formas a través de las cuales accedemos a información que pertenece a otros planos, a otras esferas de nuestro ser y de nuestra experiencia que nos confronta a la realidad de lo archivado, por las razones que sea, bajo un código secreto de bloqueo de información que luego hemos olvidado cómo desactivarlo. Por lo que, la creación de personajes, sus conflictos internos, sus vivencias externas, sus formas de procesar la vida y sus acontecimientos, como así también sus gloriosas maneras de resolver sus problemas pueden tener más conexión con esa información desconocida que con la información que sí conocemos de nuestra capacidad creativa y de nuestro mundo de la mente racional.

Morgana, como la guardiana de los velos entre ambos mundos, nos permite a través de la escritura cruzar fronteras propias, tomar información desconocida y traerla a nuestra construcción literaria a través de la máscara de los personajes, enseñándonos uno de sus grandes poderes en el acto de crearlos: la transmutación. Así es como le damos formas amigables a esos objetos de la habitación sin luz que no nos confrontan de manera directa, sino que los transformamos, los renovamos, los convertimos en una versión que nuestro consciente —el resto de habitaciones con lámparas enormes y farolas estridentes— no rechaza, sino, por el contrario, acepta y permite porque únicamente se encuentran bajo la sutileza de la trasmutación creativa de la máscara del personaje.

Pero, si Morgana pertenece al mundo del velo y la sombra, ¿no hablamos de una villana?

Acá es donde, una confusión que se filtra y evita las miradas profundas, se nos hace visible. No es lo mismo el concepto de sombra que el de oscuridad. Este último podría albergar entonces lo que catalogamos como maldad. Mientras tanto, la sombra sólo es una porción visual —o del alma— a la cual todavía no le llega la luz, pero que puede contener diamantes y rubíes que aún no han podido refractar esa luz y mostrar sus armoniosas aristas.

La segunda vía de análisis que nos permite la maga es la integración de la sombra como desafío propio del arco de transformación de un personaje. Dejamos la faz del escritor, abandonamos la dimensión del autor y su mundo consciente-inconsciente y pasamos directo, a través del túnel de la historia narrativa, hasta el núcleo de crecimiento y maduración del personaje en sí.

Volviendo a la referencia de Morgana de la película de Guy Ritchie, nos encontramos con una hechicera que ha trascendido, ha integrado su luz y su sombra y ha convertido a todas sus partes en su mayor poder. Una integración que la lleva a dirigir el proceso de maduración del mismo Rey Arturo, un proceso que está destinado a enfrentarlo a lo temido, a lo no visto y a lo encapsulado por exceso de dolor que no quiere ser sentido y revivido nuevamente. 

Desde esa integración, desde esa transmutación propia, Morgana acompaña al futuro rey a través del lugar mágico y hostil que Arturo debe atravesar para aprender a controlar sus poderes y enfrentar su destino. A ese lugar se lo conoce como Las Tierras Oscuras. Toda la información inconsciente y desconocida del valiente heredero le hace frente con su faceta más terrible, preparándolo para tomar su lugar, el continuador legítimo del trono y la gobernanza de Camelot como destino ineludible. 

Sin Morgana, el futuro rey hubiese quedado hundido en sus raptos de cobardía, en sus memorias de pérdidas y fracasos, en sus heridas infantiles de dolor y de rechazo. Porque lo que coloca a la maga en el lugar de sabia y guía es haber transitado antes ella misma por la propia integración de su sombra. De lo contrario, si el personaje de Morgana no hubiese transitado ese arco, esa transmutación, seguiría rechazando sus partes no integradas, proyectándolas en los demás, encontrando víctimas sobre las cuales descargar su impotencia, sus límites y sus claros problemas de no aceptación de su más entera esencia. Al atacar a víctimas que le espejan el enojo contra su propia inocencia que no quiere aceptar que contiene zonas en sombra, se convertiría en la victimaria, en la villana polarizada que no le quedó otro papel que encarnar el lugar menos parecido posible a la sombra pero a priori, demasiado similar: la oscuridad.

La escritura entonces, como magia transmutadora, nos permite trabajar información que pertenece a nuestra sombra a través de la transformación que logra —o no— nuestro propio personaje.

Luego de esta reflexión, nos gustaría saber qué te trajo este tema: 

🔮 ¿Cuál es tu opinión acerca del poder de la escritura? 

✨¿Crees que nuestros personajes llevan nuestro ADN inconsciente? 

🧙‍♀️¿O crees que son constructos mentales imaginarios, sin más?

¡Te leemos en comentarios!

Melodías de un escrito | El podcast para escritores

Te dejamos el enlace al programa en el que reflexionamos sobre escritura y su universo creativo:

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