¿Vestido rosa o celeste?
La Bella Durmiente y los colores complementarios de experiencias profundas
“Rosa, Rosa”, la llaman sus tías en el seno de la cabañita del bosque.
El color combina con exactitud con la bella joven quien está a punto de cumplir sus 16 años. Si tuviéramos que elegir sólo un atributo para el color de su nombre, sin duda alguna que este sería la inocencia.
Alejada del palacio de sus padres, apartada de su verdadera identidad y criada por seres mágicos que debieron renunciar a los poderes de su varitas en pos de su protección, la plana real dirigida por el rey Stéfano tiene un sólo objetivo en la mira: evitar el cumplimiento de la maldición lanzada por Maléfica.
¿Cuánto puede soportar el rosa?
No mucho más que el mismo día en que sus tías llevaban a cabo laboriosos preparativos para celebrar su aniversario número 16. Porque ese mismo día, sus tías Flora, el hada roja, y Primavera, el hada azul, iniciaron una batalla por la elección del color del vestido de la princesa oculta, llevándolas a recurrir impulsivamente a la magia de las varitas, salpicando de chispas y destellos de color toda la cabaña. Aces rosas y azules escalaban por el cuello de la chimenea, lo que resultó de suficiente evidencia como para ser vistos por el cuervo negro de Maléfica que sobrevolaba con celo las copas frondosas del bosque.
La maldición, la oscuridad, el estado más despojado de ingenuidad había, por fin, localizado el paradero de la princesa Aurora. Rosa, como la llamaban bajo su identidad campesina, y su antagónica inocencia en relación a aquel cuervo, caerían bajo el sueño profundo del despertar de la maldición. El rosa ya no estaría destinado a sostenerse, ni mucho menos a hacerle frente a la ausencia total de color de aquel conjuro: el negro adormecedor de un sueño eterno.
Vestido rosa o celeste, ¿un presagio de lo venidero?
Pero antes de ser descubiertas como consecuencia del afán por ganar la batalla, las hadas Flora y Primavera se embarcaron en una discusión mágica y turbulenta que no lograba llegar a un acuerdo. ¿La razón? Determinar el color del vestido que usaría la princesa en su celebración especial de cumpleaños. “¡Qué sea rosa!”. “¡No! ¡Qué sea azul!” pronunciaban decididamente cuando el vestido había sido conjurado hacia el color contrario.
Quizás era el más auténtico presagio de lo que sucedería: Rosa, la bella Rosa, estaría a punto de encontrar su complemento cromático por excelencia: el Azul, o dicho en términos de cuento de hadas: “el príncipe Azul” para poder sobrepasar la barrera infranqueable de la maldición a través de otro recurso que no fuera un profundo sueño eterno.
Pese al choque de colores que terminó por estampar manchas entremezcladas de ambas tonalidades, esta escena pareciera enseñarnos sutilmente el arte de la complementariedad de los colores encarnados en la personalidad de los personajes.
¿A qué hacemos referencia con complementariedad cromática de los personajes?
El sistema o código de colores es una información que, a pesar de mantenerse implícita o inconsciente, es comprendida por todos ―o al menos en sus conceptualizaciones básicas―.
Esto quiere decir, que si decimos que una personaje es “azul”, probablemente a todos nos aterrice una somera idea bastante coincidente de lo que eso puede significar. Quizás, pensemos entonces en un ser frío, distante, calculador (en su versión neutra hacia negativa), o bien entendamos rápidamente que se trata de un personaje estratégico, serio y de una gran capacidad para asumir compromisos que tengan que ver con la gobernanza y la ejecución de planes bien organizados.
Por otro lado, si decimos que un personaje es “rosa”, de inmediato nos daremos una idea relativa a una personalidad romántica, inocente, dulce y de una mirada optimista acerca de la vida.
Por lo tanto, Rosa, la real princesa Aurora, con su exceso de rosa pareciera haber llamado desesperadamente a una personalidad que la complementara en todas aquellas virtudes y fortalezas que ella no poseía, de lo contrario, habría caído en un estado de debilidad y vulnerabilidad que directamente habría terminado con su vida. Este llamado al ser Azul ―o al príncipe Felipe― desde sus profundidades, desde la extrema urgencia de la situación que se avecinaba como una experiencia prácticamente imposible de atravesar con éxito, supo entender el complemento de personalidades que sería la fórmula de la superación, del rompimiento de la maldición.
El color azul es convocado así como símbolo de la calma, la confianza y la estabilidad, una posición psicológica que actúa como un puente entre la mente racional y un corazón tranquilo, influyendo profundamente en la transmisión de seguridad ante aquel inminente reto. El príncipe Felipe, entonces, representando el pensamiento analítico, la concentración y la claridad mental, se mostró competente ante la invitación indirecta de Maléfica a tomar el control del desafío del hechizo. No obstante a ello, el exceso de este color y la encarnación propia de su frecuencia, podría llevarlo a lo largo del tiempo a transmitir frialdad, distanciamiento emocional, rigidez y falta de empatía.
Pero, para evitar este extremo, a él también le llegó el rosa. Este es el color que simboliza principalmente la amabilidad, la empatía y la dulzura, actuando como un bálsamo emocional que reduce los niveles de agresividad, transformando la energía física en sentimientos afectuosos y transmitiendo una sensación de calma acogedora. Aurora sería quien le aportara estas virtudes al príncipe Felipe, evitándose a sí misma ―a través del complementario azul― seguir permaneciendo más tiempo en su propia inmadurez, ingenuidad extrema, debilidad de carácter o en aquella desconexión superficial que mantenía, por el miedo de sus padres, con la realidad.
La complementariedad como forma alternativa de creación de personajes
En el artículo: La magia de Morgana. Escribir desde la integración de la sombra, se plantea la aceptación de las diferentes aristas del personaje como camino seguro hacia la transformación de su propio ser. Esto quiere decir que el personaje va integrando diferentes colores, diferentes energías psíquicas que van provocando giros de personalidad resultantes de los cambios que las mismas experiencias de vida le demandan.
En esta “Bella Durmiente” ocasión, la complementariedad nos ofrece una vía alternativa para la construcción de personajes redondos y complejos, alejándonos de la planicie de los personajes que, no sólo acuden a lo simple y predecible, sino también a una irrealidad clara: las experiencias de vida por las que atravesó a lo largo del argumento no tuvieron la fuerza suficiente para transformarlo.
En este caso, el complemento con otro personaje genera como resultado la unión de las fuerzas de los perfiles psíquicos y emocionales para lograr, entre los dos ―en nuestro caso Felipe y Aurora― el arco de transformación de ambos, como un intercambio rico y positivo de ida y vuelta, que los lleva a un nuevo estadío de sus personalidades, de sus posturas ante la vida y de sus mundos emocionales.
El complemento cromático habrá hecho crecer al personaje tanto como lo hace la integración en sí mismo de las diferentes energías. Es decir, en una de las formas el personaje actúa hacia sí mismo, mientras que en la otra dos o más personajes actúan hacia otros, transformándose, mudando a un nuevo ser.
Vestido color rosa: la definición del vals final
La princesa Aurora y el príncipe Felipe retornan al palacio del Rey Stéfano para bailar ese vals que alguna vez escucharon en sus sueños de amor: el hada Flora, agitando la magia expulsada desde su varita en tonos románticos, finalmente gana la batalla: ante la presencia del azul, ante la integración por complemento aportada por el príncipe Felipe, Aurora puede concentrarse en portar un sólo color y darle fin al debate de hechizos de sus tías: “Que sea rosa”, pronunció Flora segundos antes de que la tapa del gran libro de cuentos terminara de cerrarse, anunciando el por siempre feliz ―y rosa― final.
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