Alana | academia de escritores

El arcoíris interior

El arco de transformación y el duende del pañuelo rojo

Hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre posibles respuestas relacionadas a interrogantes acerca de los personajes: cuál podría ser el posible origen de ellos, es decir, si es que su creación realmente puede pertenecer a la esfera mental e imaginativa pura de quien escribe, sin ningún otro tipo de anclaje de referencia, o si acaso se trata de la propia información inconsciente plasmada en una máscara alternativa proyectada en el entorno de un relato. 

También nos hemos preguntado acerca de la posibilidad de un proceso de integración de la sombra que enfrenta el autor en el mismo acto de escribir (entendiendo a la sombra desde el concepto Junguiano) como también de un proceso de integración de la sombra del mismo personaje como consecuencia de sus experiencias.

Sin embargo, sea cual sea el origen de los personajes o el proceso de integración que puedan atravesar, lo cierto es que, dentro de la propuesta planteada en cualquier relato, se verán enfrentados indefectiblemente a cursar una transformación

Esta puede darse de múltiples formas: pueden hacer referencia a esas transformaciones deseadas y de gran redención que todo lector espera (como es el recorrido triunfal y la reconversión a través del arquetipo mítico del viaje del héroe), o bien puede tratarse de transformaciones que, como lectores, lamentamos profundamente, ya que la salvación o la reestructuración no se logró en ese actor literario, provocando la caída en su oscuridad y en el estancamiento como su nueva realidad.

Si no existe transformación —sea hacia un camino esperado, anhelado y deseable, o sea hacia la peor de las desdichas y la concreción de todo lo que se hubiese querido evitar—, el personaje queda sepultado en la más evidente falta de credibilidad, en su versión plana.

Entonces, si no evoluciona ¿nos quedamos en lo plano?

Ese es el punto. Si un protagonista narrativo, independientemente de todas las vivencias y desafíos que le toque atravesar, sigue siendo exactamente igual a como era antes de verse enfrentado a la faz atemorizante de su propia existencia, entonces el personaje quedará enfrascado dentro de una planicie, de una falta de veracidad y de una impermeabilidad de lo que sucede en su entorno que lo alejan de todo lo que al lector le resulta creíble. 

Es decir, nadie, ni en la ficción ni en la realidad, resulta ser el mismo constructo luego de transitar por diferentes caminos, etapas, problemas o situaciones para las cuales no tendrá más remedio que transformarse, para bien o para mal, acudiendo a recursos que obligatoriamente deberá despertar si no quiere quedar tragado por la obstaculización definitiva de su propio camino.

A este proceso de cambio, de mutación, de transmutación es lo que conocemos como arco de transformación.

El arcoíris interior y los colores de referencia

🌈 ¿Podríamos pensar que cada personaje tiene un punto de partida, una crisis, una necesaria evolución, y un punto de llegada? 

🌈 ¿Acaso podríamos darle un color a cada una de esas fases que nos den una pista acerca de los matices que deberá asumir para lograr su aprendizaje?

🌈 ¿Podría suceder que el personaje no logre transitar con éxito su arco de transformación, quedándose en el camino de su propia búsqueda?

Antes de responder a estos interrogantes, recordemos una leyenda que nos dará la punta del ovillo —o la punta del arcoíris— para desentrañar las respuestas:

La leyenda de Tom y el Leprechaun

Hace mucho tiempo, en los frondosos y verdes campos de Irlanda, vivía un granjero llamado Tom. Tom era un hombre trabajador, pero siempre soñaba con hacerse rico sin esfuerzo.

Un día, mientras caminaba cerca de un espeso bosque de arbustos, escuchó un sonido extraño y rítmico: ¡clac, clac, clac!. Intrigado, se acercó sigilosamente entre las hojas y vio a una criatura diminuta, de no más de dos pies de altura. Era un viejo de barba roja, sombrero de copa y un traje de color verde brillante con grandes hebillas de plata. El pequeño ser estaba sentado en una piedra, remendando con gran destreza un único zapato minúsculo.

Tom supo de inmediato que se trataba de un Leprechaun, el duende zapatero de la mitología celta. Recordó las historias que le contaba su abuelo: estos seres acumulaban monedas de oro desde tiempos inmemoriales y las escondían en un caldero. También recordó la regla de oro: si atrapas a un duende, nunca debes quitarle la mirada de encima, o desaparecerá.

La captura y el trato

Con un movimiento rápido, Tom se abalanzó sobre el duende y lo atrapó firmemente con sus manos.

—¡Suéltame, humano ruidoso! —chilló el hombrecillo, retorciéndose.

—No te soltaré hasta que me des tu oro —respondió Tom, mirándolo fijamente a los ojos, sin pestañear. 

El duende, astuto por naturaleza, intentó engañarlo:

—Mira detrás de ti, ¡una bandada de cisnes de oro está volando por el cielo!

Pero Tom no cayó en la trampa y mantuvo los ojos clavados en la criatura. Al ver que no podía escapar, el Leprechaun suspiró y se rindió.

—Está bien, camina hacia aquel gran campo de maleza —dijo el duende, señalando una llanura repleta de miles de arbustos idénticos.

El engaño del pañuelo rojo

Caminaron hasta el centro del campo. El duende señaló un arbusto amarillo y rústico.

—Mi caldero de oro está enterrado exactamente debajo de las raíces de este arbusto. Ahora suéltame, he cumplido mi parte. 

Tom se dio cuenta de que no llevaba una pala para cavar. Para no perder el lugar exacto entre los miles de arbustos idénticos, se quitó un pañuelo rojo brillante que llevaba al cuello y lo ató firmemente a una rama del arbusto. 

—Prométeme que no quitarás el pañuelo de ahí —le exigió Tom al duende.

—Te doy mi palabra de honor de que no tocaré tu pañuelo rojo —respondió el astuto ser.

Satisfecho, Tom liberó al duende y corrió a toda prisa hacia su casa para buscar una pala. Le tomó apenas unos minutos regresar al campo, pero cuando llegó, se quedó paralizado por la sorpresa. El duende había cumplido su palabra de no tocar el pañuelo; sin embargo, ¡había atado un pañuelo rojo idéntico en cada uno de los miles de arbustos del campo! 

Tom cavó desesperadamente debajo de unos cuantos arbustos, pero el campo era infinito y el trabajo, imposible. El duende se había burlado de él utilizando su propia codicia.

El origen del arcoíris

Para evitar que los humanos volvieran a marcar los lugares de sus entierros en la tierra, los Leprechauns idearon un nuevo escondite absoluto. Decidieron mover mágicamente sus pesados calderos de oro y colocarlos exactamente al final del arcoíris cada vez que lloviera. 

Sabían perfectamente que el arcoíris es un arco óptico de luz y que, por más que un humano camine, corra o cabalgue hacia su extremo, este siempre se moverá con él. De esta manera, el tesoro permanece a la vista de todos, pero eternamente fuera del alcance de la mano humana.


Esta leyenda nos deja varias moralejas a modo de reflexión y un sinfín de analogías e interpretaciones que pueden enriquecer aún más las posibles respuestas que nos hicimos antes del relato. 

¡Vamos por parte!

El duende de la mala conciencia

¡Es que esta leyenda se solucionaría muy fácil! ¡Y así también la vida de Tom! ¿Cómo? ¡Pues sencillo, eliminando al duende!

No sería una mala idea. De hecho, al parecer esta idea se postula como candidata a una buena solución. 

No obstante, la presencia del duende se hace sumamente necesaria para entender lo que puede suceder con algunos personajes. Me refiero al riesgo intrínseco que se abre en cada punto de quiebre, en cada desafío que le planta cara al actor que se carga los nudos narrativos al hombro. Y ese riesgo consiste en la posibilidad de que el personaje no salga airoso de ahí. No se supere, no se transforme hacia la dirección idílica, sino, y por el contrario, la crisis, el cambio, el reto de esa situación en particular pueda dejarlo en una transformación inversa, desfigurada, no esperada o lamentable. 

Porque el duende puede parecer a priori que obstaculiza el deseo de Tom: hacerse rico sin esfuerzo, pero, ¿qué hay de ese deseo? Quizás el duende sólo refleja una conciencia errada, un mal deseo o una ambición que sólo le traerá una respuesta hostil de su entorno.

Pese a ello, lo más probable es que Tom no pueda mirar ese ruido disonante que yace en ese deseo, sino que, más bien lo proyecte, haciendo al duende como el portador de su desgracia, de su desdicha, de su imposibilidad concreta para capturar el oro del caldero abundante que se erige como símbolo de la solución perfecta para todos sus males. 

La mala conciencia, entonces, radica evidentemente en Tom, como primer foco, para luego impactar en la otra punta de su misma cuerda conflictiva: el duende que le espeja aquella mala conciencia.

Los pañuelos rojos del desafío

¡Pero el duende también sí que las hace! Colocar ese paño rojo en el tronco de todos los arbustos, ¿no es demasiado? 

Así parece. Una notoria y grotesca actitud que demuestra querer perjudicar a Tom.

Puede ser, ¡sin dudas! Pero el color del desafío, del peligro, de la alarma, de la luz roja del semáforo ¡está encendida! 

Quizás sea demasiado cautivante la tendencia a mirar el comportamiento del duende como un engaño, pero, ¿no será el mismo color de la advertencia el que se refleje en cada tronco? ¿No será un mensaje para Tom que la pasividad y la frialdad con la que está encarando su deseo de hacerse rico está incompleta si no la empuja con el rojo en su tonalidad fuego de la pasión, del impulso, del paso a la acción, del despertar de una energía guerrera y marcial? 

Y así, en este punto, entonces, el rojo de los paños. más que constituirse como la muestra fehaciente de la maldad y el engaño del duende, se transformen en la guía más contundente acerca del camino a seguir.

La solución o la caída

Y la decisión ahora sí que es de Tom. Cualquier aditamento adjudicable al duende nublaría la evidente responsabilidad del personaje de cursar su transformación, su aprendizaje, su evolución, o bien, el estancamiento en su propia sombra, en su propia mala conciencia o en su simple destino que, tal vez, de no enfrentar el cambio, estaba trazado entre las notas del hundimiento y la falta de progreso de su propia persona.

La caída es una posible solución, aunque incómoda e inesperada, que puede aparecer como alternativa válida en el fin de todo personaje, ya que la redención no es el único camino posible para quien transita por los frentes temibles y no queridos de quien camina dentro de la piel del sujeto narrativo.

El arcoíris como vía de integración de tonalidades

Y este elemento de la diégesis de la leyenda podría ser considerado perfectamente el broche de oro —o el caldero de oro— de la transformación frente a la que se ve impelido el personaje. 

Es que el arcoíris funciona como escondite perfecto de la riqueza y la abundancia que Tom anhela porque se trata de una perfecta ilusión. Una que oculta lo evidente: la abundancia del granjero sólo puede ser encontrada dentro de sí mismo, dentro de su evolución, en el núcleo mismo de la integración de ese azul de la tranquilidad, rayana a lo pasivo, con ese rojo del impulso, más el verde lleno de vida y de nuevos proyectos que le refleja el atuendo del duende.

Volvamos a esta frase: “Sabían perfectamente que el arcoíris es un arco óptico de luz y que, por más que un humano camine, corra o cabalgue hacia su extremo, este siempre se moverá con él. De esta manera, el tesoro permanece a la vista de todos, pero eternamente fuera del alcance de la mano humana”.

Al final, el duende entendía todo desde un inicio: mientras Tom buscara la riqueza afuera, jamás la alcanzaría, salvo que el rojo de los pañuelos atados en los árboles del frondoso bosque de Irlanda quedaran absorbidos por el fuego de su voluntad energizada que lo impulsara hacia adelante, hacia la vida, hacia lo nuevo de todo proyecto o sueño. 

Esa búsqueda y ese arcoíris estaban al alcance de sí mismo, de su propia integridad, siendo esta tan valorable como el brillante oro que reposaba en el cofre. 

Volvemos a las preguntas junto a Tom y el duende

🌈 ¿Podríamos pensar que cada personaje tiene un punto de partida, una crisis, una necesaria evolución, y un punto de llegada? 

🌈 ¿Acaso podríamos darle un color a cada una de esas fases que nos den una pista acerca de los matices que deberá asumir para lograr su aprendizaje? 

🌈 ¿Podría suceder que el personaje no logre transitar con éxito su propio arco de transformación, quedándose en el camino de su propia búsqueda? 

En el caso de Tom, el punto de partida —y el color de una de sus fases— es un azul inmóvil, frío, gelante y despojado de todo tipo de esfuerzo hacia superar el reto.

La crisis se le presenta con el verde de la mala conciencia, de la verdad distorsionada, de la terquedad de un deseo errado y de la ambición por las monedas como única recompensa de valor.

Mientras que, la ejecución, el arranque, el encendido de su voluntad, de la búsqueda de lo valioso se mantenía atada al rojo en los troncos de cada verde exuberante que le recuerda que su verdad y su sanación, tan verde como las hojas de los arbustos irlandeses, podría ser encontrada al transitar el arco de su arcoíris interior.

Sin embargo, el recordatorio del logro de la redención segura de todo personaje nos vuelve a la conciencia de que, por más que incomode o duela, algunos actores literarios pasarán rastreando su propia búsqueda tras un arcoíris que se proyecta desde el interior hacia el afuera, y irán tras una riqueza externa a la que nunca llegarán por no pertenecer realmente a sí mismo.

Luego de esta reflexión, me gustaría saber qué te trajo este tema:

🌈 Sobre el destino del personaje:

Al diseñar a tu protagonista: ¿tenés claro desde el inicio si su arco de transformación lo llevará hacia la redención (el viaje del héroe) o si su resistencia al cambio lo conducirá hacia una caída en su propia sombra?

🔴 Sobre los puntos de quiebre (Los pañuelos rojos):

En tus historias, ¿los obstáculos que le generás a tu personaje funcionan sólo como «complicaciones de la trama» o realmente representan alarmas rojas que lo obligan a cambiar su filosofía de vida?

🟢 Sobre la verosimilitud de la evolución:

¿Has sentido alguna vez la frustración como lector cuando un personaje atraviesa un trauma o desafío enorme, pero en el siguiente capítulo actúa como si nada hubiera pasado? ¿Cómo cuidás esa coherencia en tus propios escritos?

🔷 Sobre el arcoíris interior del autor:

El artículo sugiere que la abundancia del personaje no se busca afuera, sino integrando sus propios matices. ¿Sentís que el arco de transformación de tus personajes refleja también algún cambio que atravesaste o que estás atravesando en tu propia vida?

Te animo a que compartás tu opinión en comentarios.

Melodías de un escrito | El podcast para escritores

Te dejamos el enlace al programa en el que reflexionamos sobre escritura y su universo creativo:

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